Hispania

20100309 006

Emblema de Hispania, S.L. (Manuel Lara, 2010)

Aunque no es la mejor manera de comenzar el año, son varias las lecciones que podemos –y debemos– aprender de la pérdida de la vieja fábrica de lápices ferrolana.

Veinticinco años de demoras y despropósitos, favoreciendo la ruina de lo que podría incluso haber llegado a ser parte de nuestro patrimonio, son sin duda un periodo demasiado largo para que se pueda aceptar de nadie cualquier esbozo de disculpa.

Como ciudadano, espantan los perjuicios que semejante demora habrá ocasionado a los propietarios de las viejas instalaciones, imposibilitados de llevar a término los planes que para su propiedad hubiesen imaginado.

Como ciudadano, avergüenzan los costes y el lucro cesante que para el barrio habrá supuesto semejante muestra de desidia y abandono en lo que merecería ser nuestro mejor escaparate marítimo.

Como ciudadano, irrita la inepcia de los administradores de nuestros impuestos, quienes se han mostrado incapaces de solventar con la exigible diligencia un caso que, independientemente del resultado, solo ha venido a perjudicar un poco más al bien común.

Como ciudadano, en definitiva, apena la incapacidad de todos para diseñar –sin que ello supusiese una carga más para la economía común– un futuro posible y viable para tan notable muestra de la brillante industria ferrolana del siglo veinte.

Tenemos aquí un ejemplo más del daño que ocasiona la falta de planificación (o la facilidad para alterarla según los intereses de quien gobierne), y la trifulca política que se aprovecha del perjuicio a terceros, pero que perjudica a todos pretendiendo hacernos creer que a quien lesiona es a su adversario.

No es admisible seguir pensando que la protección patrimonial debe ser en todo caso asumida por los poderes públicos. Tampoco es de recibo que se nos argumente con ejemplos de lo que se hace en otros lugares: tenemos entre nosotros muestras sobradas de la cultura de la subvención, de su inutilidad y de los costes que supone para todos. No se puede –por ejemplo– comparar la recuperación de la central eléctrica londinense de Bankside (que acoge desde el año 2000 la Tate Modern) y el favorable impacto que originó en la economía local, con la desolación que muestran la mayor parte de nuestros contenedores culturales y el coste que suponen al erario público.

Partiendo del hecho cierto de la imposibilidad de conservar todos los bienes que considerásemos merecedores de ello, la protección de lo que nos importa debe ir asociada a un fuerte compromiso ciudadano, que –más allá de declaraciones tan inanes como grandilocuentes– parta de la exigencia irrenunciable del buen empleo de nuestros impuestos, y que no acceda a la dócil aceptación irreflexiva y acrítica de las ocurrencias oportunistas de nadie.

Quizá hayamos perdido una batalla, pero seguiremos luchando hasta ganar la guerra.

20081210 Fábrica de lápices 019

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